Un castigo es la pena que se impone a quién ha cometido una falta. No tiene sentido castigar si entendemos el error como parte del proceso de aprendizaje y también entendemos que los colegios han de dar una formación integral y que por tanto esta ha de ir allá de las materias curriculares, alcanzando la correcta socialización, la aceptación de las normas y la interacción armónica con profesores y compañeros.

Ningún adulto aceptaría un castigo en su actividad laboral por faltas que se correlacionan con las que se cometen cada día en todos los centros escolares. Los alumnos de Secundaria y Bachillerato hace tiempo que tampoco.
El castigo como método de corrección, incluso los crudelísimos, no han resultado útiles a lo largo de la historia de la escuela, ni como apoyo al aprendizaje de las materias regladas, ni como método de enmendar las conductas inadecuadas.

Parece que hoy todo el mundo entiende, que no se debe castigar a un alumno porque no haya aprendido determinados contenidos del currículo, pues del mismo modo debemos entender que tampoco es eficiente, amén de injusto, hacerlo porque no haya respetado una norma.

La pregunta ahora es obvia ¿Entonces qué hacer cuando un alumno incumple las normas? La respuesta no es unívoca porque el análisis de las causas que provocan el incumplimiento de las normas no es único. Al contrario de lo que se piensa cuando se castiga, que se concluye que su comportamiento es malo y que con el correctivo se volverá bueno. Absolutamente simplista.

Es necesario discernir la razón por la que un alumno no atiende en clase, llega tarde del patio, molesta a los demás o no ha terminado las actividades cuando todos los demás sí. Hoy en día, los profesores de Primaria analizan dónde está la dificultad de un alumno para retener, comprender o utilizar de forma práctica un contenido. Es necesario hacer lo mismo con cada una de acciones socialmente incorrectas.

Los padres, cada día más, están comprometidos con la escuela y colaboran con mayor eficacia en la corrección de conductas inadecuadas mediante la reproducción en casa de las herramientas usadas en el colegio; el adelanto en siquiatría y en sicología ha logrado identificar y tratar de manera solvente los múltiples casos de trastornos por déficit de atención e hiperactividad, los conocidos TDAH, responsables de muchos de los incidentes que se producían en el aula; y por último los modernos sistemas de enseñanza-aprendizaje, como los proyectos y la investigación y trabajo grupal, permiten más tiempo al profesor para la observación en el aula e incluso para la charla individual con los alumnos que tienen dificultades y con los que se puede llegar a pactos individuales.

Pues, del mismo modo que no se ve imprescindible que todos los alumnos aprendan los mismos contenidos al mismo tiempo y se respetan los tiempos de unos y otros, los docentes hemos de entender que también los alumnos comprenden, aceptan y son capaces de practicar las normas de convivencia de manera diversa y en tiempos distintos.

La clave está en los pactos. Generales e individuales, pues del mismo modo que todos los profesores proponen actividades para la mayoría y distintas para aquellos alumnos que, por las razones que fuere, no han recogido el contenido que ya tienen los demás, o ya lo saben y necesitan ampliaciones, nada impide que con determinados alumnos puedan realizarse pactos, normas y actividades diferentes; sí, con aquellos que tienen dificultades en la interacción social.

Y los errores, insisto, parte del proceso de aprendizaje, siempre tienen que tener una correlación lógica y entendible por el alumno. El incumplimiento de las normas, generales y particulares, debe tener una consecuencia que nunca debe ser entendida como una pena por el alumno, pues en general, pese a ser consciente de haber incumplido la norma, a veces ni siquiera esto, no suele ser consciente de haber podido impedirlo.

La consecuencia, que no el castigo, debe ser asumida con naturalidad tanto por el alumno como por el profesor que no debe mostrarla como el resarcimiento de una afrenta, “pues ahora tu…” El educando es la razón de la educación, el educador es el que acompaña y esto solo se puede hacer bien en positivo, con fe en las posibilidades del alumno. La premisa de que la próxima vez lo hará bien o mejor, es tan válido para la resolución de un problema de matemáticas como para el de un problema de relación.

De este modo asumir la consecuencia del acto no es vivido con la rabia de un castigo, ni con el odio inevitable a quién lo impone. Ambos inhabilitantes para todos. La clave está en el acompañamiento y en la ayuda. Tan descabellado es decir “No ha pasado nada” como “Eres un inútil”. Si tiró su pintura, con la ayuda que sea necesaria debe recogerla y empezar de nuevo; si llegó tarde tendrá que asumir que tiene menos tiempo para hacer lo que sea, si su actitud no permite el trabajo de los demás debe entender que tiene que separarse del resto de su grupo unos minutos y relajarse hasta que pueda participar de manera provechosa para él y para su grupo y esta reflexión ha de ser, claro está en el momento, no puede posponerse al recreo, y acompañada del profesor que ha de guiarla confiado en que solucionaremos el problema.

Es la confianza del alumno en el profesor, como en sus padres cuando está en casa, o en su terapeuta en su caso, la que le da fuerza y seguridad. El castigo, aunque no sea arbitrario, casi siempre es visto como injusto por un niño y eso provoca inestabilidad, inseguridad. El mejor caldo de cultivo para la no integración.

 

Juan Carlos García. Fundador del Colegio Bilingüe Khalil Gibran